La metodología del INDEC contribuye a esa distorsión. Según los criterios oficiales, una persona se considera ocupada si trabajó al menos una hora en la semana de referencia, independientemente de la calidad o estabilidad de esa actividad. El informe del IAG retoma ese punto para señalar que “los desempleados son aquellas personas que no han trabajado ni siquiera una hora la semana anterior a ser encuestados por el organismo oficial”. “Sin embargo, la dinámica del 'autoempleo' permite que abunden trabajos de mala calidad y de pocas horas que hacen que muchas personas no sean identificadas como 'desocupadas'”, agregó el informe.
El resultado es una fotografía por parte del INDEC, que conducía Marco Lavagna y fue reemplazado –tras su renuncia en contra de tanta manipulación de datos— por su segundo, Pedro Lunes, que subestima la presión real sobre el mercado de trabajo. La expansión de ocupaciones de baja intensidad horaria y baja remuneración no reduce la necesidad de empleo, sino que la redistribuye en formas más fragmentadas y menos visibles. En ese marco, los jubilados que vuelven a trabajar ocupan un lugar particular: su presencia incrementa la tasa de actividad, pero también alimenta el universo de la subocupación y el empleo precario. Los datos oficiales del cierre de 2025 dan tímidamente cuenta de esta situación, aunque reflejan menores números. La tasa de desocupación se ubicó en 7,5 por ciento de la población económicamente activa, mientras que la proporción de varones ocupados mayores de 65 años alcanzó el 3,1 por ciento y la de mujeres el 2 por ciento. Al mismo tiempo, la desocupación abierta en ese segmento etario se mantiene en niveles bajos (1,7 por ciento en varones y 0,9 por ciento en mujeres), lo que refuerza la idea de que la problemática no se expresa en términos de desempleo clásico, sino de inserciones laborales débiles.
La relación entre estos indicadores permite entender por qué la medición tradicional resulta insuficiente. La baja desocupación entre los mayores convive con un aumento sostenido de su participación laboral y con un crecimiento del desempleo encubierto. Es decir, menos jubilados aparecen como desocupados, pero más se ven obligados a aceptar trabajos precarios o insuficientes para sostener sus ingresos. En paralelo, estudios como los de Fundar muestran que las tasas de empleo varían significativamente entre provincias, con niveles más altos en distritos como la Ciudad de Buenos Aires y menores en regiones del Norte Grande.
Si bien esas diferencias responden en parte a la estructura demográfica y a la participación laboral en edades centrales, también sugieren que la presión sobre los ingresos puede expresarse de manera desigual en el territorio, amplificando la necesidad de estrategias de supervivencia en contextos más adversos. En ese entramado, el regreso de los jubilados al trabajo refleja el desequilibrio existente y cada vez más profundo entre ingresos y costo de vida, entre cobertura previsional y condiciones reales de subsistencia. La expansión del empleo informal entre los adultos mayores, lejos de aliviar la presión sobre el mercado laboral, la desplaza hacia zonas menos visibles, donde las categorías tradicionales pierden capacidad explicativa.