“El trabajo joven me preocupa. Todos mis amigos estamos laburando o pensando en salir a trabajar. No todos pensando en cómo comer, algunos somos privilegiados, pero sí estamos viendo continuamente cómo ayudar a nuestros padres, en los gastos que conlleva vivir el día a día. Hay empresas, como las de comida rápida, que están esperando que recurramos a una primera experiencia laboral porque somos mano de obra muy barata”, afirma Luciana, hija de padres docentes que va a la escuela técnica en Villa Luro. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en el rango de entre 15 y 24 años, para quienes logran conseguir empleo, el trabajo informal escala al 68 por ciento, superando el promedio regional de 58%, igualmente alarmante. “En casa está todo muy difícil. A veces no sé si a mi mamá le alcanza, si tengo que salir a trabajar, llegamos todos los meses muy ajustadas si es que llegamos”, cuenta para Página/12 Ximena, una estudiante universitaria de 19 años, que mira con preocupación la posibilidad de seguir estudiando. “Todos los meses estoy viendo si sigo la facultad, si dejo materias, si me pongo a trabajar”, agregó.
En los relatos adolescentes aparece, por un lado, la soledad en casa frente a las interminables jornadas laborales de sus padres y, por el otro, la preocupación en relación a la situación económica en sus hogares, que les permite tener poca previsibilidad sobre el futuro. “Tengo muchos conocidos que empezaron a trabajar a medio tiempo, porque la gente está ajustada entonces zafan a los padres de que les tengan que dar plata y empiezan a depender de ellos mismos”, explicó Facundo.
Además, frente a la incertidumbre económica, aparece la desazón, el desinterés. Ximena lo dice más claro: “Es como que al estar todo tan mal, muchos de nosotros eligen ni involucrarse; sabiendo que está todo mal, miran para otro lado, total, todo es medio lo mismo”.
El sueño —en crisis— de ser tu propio jefe
Al calor del gobierno actual y de corrientes internacionales, la idea de emprendedurismo alcanzó no solamente nuevos horizontes y promesas de trabajo y negocios, sino también líneas educativas y formativas que llegan a formar parte de charlas o currículas en secundarias públicas y privadas. El emprendedurismo juvenil se presenta como una fuerza transformadora que permite a los nuevos trabajadores generar sus propios ingresos, desarrollar liderazgo y crear un impacto positivo en sus comunidades. La atractiva corriente promete el desarrollo de habilidades para negociar, aprender a trabajar en equipo y manejar la tolerancia a la frustración, junto con independencia económica, generando ingresos propios al calor de la construcción de una carrera profesional autogestionada. Muchos jóvenes, además, enfocan sus proyectos en la sostenibilidad, la economía circular y la tecnología.
Sin embargo, la contracara de esta corriente muy apoyada en lo discursivo por la gestión de Milei desde la conocida batalla cultural, esconde trampas que se debaten actualmente entre los jóvenes. El emprendedor suele trabajar más horas que un empleado formal sin gozar de aguinaldo, vacaciones pagas ni licencias médicas. Los repartidores o conductores de apps son llamados “socios” o “emprendedores”, pero trabajan sin certezas de estabilidad, salario mínimo y protección social. Peligrosamente, se premia el trabajar sin descanso, lo que genera altos niveles de estrés, ansiedad y agotamiento, aportando a la individualización del fracaso y la desigualdad. Un discurso que comienza a revisarse: “Me preocupa el individualismo que se está sembrando. Cada uno piensa en sí mismo, y se transmite desde arriba”, afirma Facundo.
Se disocia la idea de la responsabilidad política de un gobierno frente al fracaso económico. El “si vos creés, creás”, parece albergar la idea de que si te va mal, el rumbo económico y político no tienen injerencia alguna. La culpa entonces es individual, quizás, por no intentarlo lo suficiente. El discurso del emprendedor afirma que “el que quiere, puede”, aunque para emprender un negocio se requiere de conocimientos, contactos, educación y un colchón financiero inicial. Si el negocio quiebra, la narrativa culpa a la falta de esfuerzo o talento del joven, invisibilizando crisis económicas, inflación, retracción de consumo o falta de crédito.
Al promover que cada ciudadano sea una microempresa, se debilita la exigencia colectiva por empleo de calidad y salarios dignos, como también las responsabilidades del Estado. “Está muy fuerte la idea del emprendedor. Nuestro colegio es técnico en cerámica. Tuvimos charlas de emprendedurismo. Nos enseñan el valor de la cerámica en ferias barriales o emprendimientos personales, pero muchos de nosotros vamos por algo más allá. Queremos estudiar carreras, aspiramos a otras cosas. Hemos pedido ir a conocer universidades, otras salidas laborales, y no ha sido tenido en cuenta. Yo no estoy convencida con esa idea de ‘sean sus propios jefes’. Siento que es una idea que se quiere imponer”, dijo Luciana. En el mismo sentido, Facundo reflexionó: “La idea de emprendedurismo se trabaja en los colegios. Personalmente no lo veo bien planteado. Buscan que creas que la solución a todo es emprender, omitiendo las carreras, las salidas laborales formales. No estoy en contra de emprender, pero me parece que deberíamos ver un panorama más completo, y no omitir detalles o problemas de ese proceso”.
Una mirada docente
María da clases en el último año de una escuela secundaria privada de La Plata. En diálogo con Página/12, compartió su mirada sobre los discursos que orbitan entre sus estudiantes. “Hay discursos en el aula con los chicos que no tienen nada que ver con la mirada libertaria, como por ejemplo todo lo relacionado a la memoria, a los derechos humanos. También hay pibes que están de acuerdo, por ejemplo, con la baja de edad de imputabilidad. La perspectiva de futuro cambió y caló mucho. No tienen idea qué es lo que quieren. Muchos te dicen que quieren tener su negocio, hacer su camino individual. Calaron y fuerte las ideas de emprendedurismo y meritocracia”, y agregó: “Hay mucho desinterés, también. En el curso actual con el que trabajo hay muy poca participación política o militante”.
En Castelar, Guido da clases de economía política y conversa cotidianamente con estudiantes de secundaria sobre las medidas económicas y el rumbo de la gestión actual. “Lo que detecto es que dicotomizan decisiones de gobierno entre ‘bien’ y ‘mal’. El triunfo libertario ha sido, por ejemplo, que los pibes crean que está bien que el dólar no suba, como algo bueno. Y también aparece la brecha de miradas de género”. En este sentido, Valentín, un estudiante universitario de 18 años, aportó en diálogo con este diario: “Yo veo una búsqueda de nuevas formas. En cuanto al Gobierno valoro las iniciativas que apuntan a la transparencia, eficiencia y desarrollo económico”.
Guido, docente y politólogo, agregó: “Es cierto que las mujeres son las que ven con muchas más reservas las políticas de apertura de importaciones, el dólar planchado a toda costa, plantean críticamente la destrucción de la industria nacional, mientras los varones celebran obtener tal o cual producto de afuera, o la llegada de Shein”.
No existe un relato oficial en la juventud, y los discursos imperantes se mueven permanentemente, así como sus inquietudes, miedos y proyectos. La falta de escucha adulta, también se repite en los relatos de los jóvenes argentinos, que intentan responderse preguntas ciertamente estructurales, pensando en el porvenir.