Atlanta, la ciudad de la remontada contra Egipto, fue el escenario de otra batalla épica. Un partido de dientes apretados, adentro y afuera, de jugadores, cuerpo técnico e hinchas, no importa desde dónde lo vieron. Cada trabada se festejó como un gol, cada gol se festejó como la vida misma. Y fue un partido muy bien jugado también. Argentina hizo bien las cosas cuando le tocó aguantar y muy bien cuando tuvo la pelota. Se volvió a ver esa Selección que supo deslumbrar, reconvertida en una máquina de ganar y hacer goles.
Si había un cimiento flojo, era el conocido de antemano. Lamentablemente, por allí vino el gol. Un despeje más estético que efectivo de Tagliafico dejó la pelota muerta para viveza de ellos. Rogers mandó un muy buen centro y Gordon se deglutió la espalda de Molina, obnubilado por la pelota, tanto que si llegaba a despejar, era probable que la mandara en contra. Un mazazo rotundo al que Scaloni respondió con el ingreso de Nico González. Esa pieza más por izquierda le permitió a Messi tener sus mejores minutos, ubicándolo en tres jugadas seguidas. La última, la más peligrosa, ahogada por Pickford ante un testazo sin tanta dirección del exArgentinos.
La pausa de hidratación fue necesaria para seguir rearmando el equipo desde afuera. Y las situaciones siguieron lloviendo en el área de ellos, como la palomita de Mac Allister al palo. De Paul entró de manera excelente y se adueñó del equipo, probando que a veces mejor terminar el partido con los mejores en cancha. Scaloni gastó las cinco variantes a los 81 minutos. Y bien que hizo.
Hay una frase muy famosa de Diego, que habla de cierta actitud del equipo rival en el segundo tiempo y la caída de una prenda de vestir. Bueno, qué cosa la de Inglaterra. Tienen muy bien ganada su fama futbolera. El equipo del alemán Tuchel se tiró atrás de manera exagerada e invitó a una Argentina que, de cualquier manera, con tanto en juego, se la hubiese llevado por delante. El bombazo de Enzo Fernández -la figura del partido- a los 85 minutos le puso justicia como nunca a un resultado. Como contra Egipto, estaba todo dado para liquidar la cosa sin tiempo extra. Y así fue. Messi, consciente de que esta vez no se le daría a él, se puso el overol y fue a luchar una pelota en la banda derecha. Ganó y mandó el centro de derecha para los cuernos del Toro, que de una vez por todas tuvo el gol que se merecía. Qué página le tenía guardada la historia al bahiense. Qué alegría nos tenía reservada a todos nosotros.