Según Borisonik, China tiene una arquitectura regulatoria para la IA generativa desde 2023, mucho antes que EE.UU. En China no hay una secuencia lineal a la manera occidental en que primero aparece una innovación, surge un “problema” y el Estado regula. Por el contrario, hay una relación mucho más estrecha entre Estado, empresas y Partido Comunista: “China puede regular determinados aspectos y simultáneamente acelerar otros --de hecho está haciendo ambas cosas-- dentro del contexto de la relación del Estado con la IA. Por eso, la regulación y la expansión tecnológica no son necesariamente términos contradictorios.
Rodrigo Martin-Iglesias --arquitecto y doctor en diseño, y profesor titular de Diseño de Futuros (UBA)--opina que el escenario más interesante sería si la superinteligencia nunca llega, en el contexto de esta industria que necesita hablar del futuro como si fuera un hecho consumado: “Están invirtiendo cifras extraordinarias, construyendo centros de datos y reorganizando políticas públicas alrededor de una tecnología cuya llegada nadie puede fechar. Mientras tanto, las empresas de IA necesitan encontrar un modelo de negocio capaz de sostener costos gigantescos. La profecía cumple una función; cuanto más inevitable parece la superinteligencia, más razonable parece invertir hoy para no quedarse afuera mañana. El apocalipsis puede ser verosímil y, a la vez, económicamente productivo”.
Para Martin-Iglesias, aquí aparece la gran contradicción de los profetas de la IA: “dicen que la tecnología podría extinguirnos, pero continúan desarrollándola porque, si no lo hacen ellos, la desarrollará otro. Es la lógica de la carrera nuclear, donde el peligro del adversario se convierte en la razón para aumentar nuestra propia capacidad. Pero esta carrera puede estar justificándose a sí misma. El riesgo exige acelerar para no perder; la aceleración aumenta el riesgo; el riesgo exige más regulación y control; y la regulación puede terminar concentrando el desarrollo solo en quienes ya tienen los modelos, los chips, los datos y los centros de cómputo. No hace falta una conspiración, basta con que el miedo produzca poder. Y quizás la verdadera carrera no sea solo por construir la superinteligencia, sino por convencer al mundo de que su llegada es inevitable.
Para Iglesias-Martin, China introduce una diferencia mucho más profunda que la de un simple competidor: “Tal vez EE.UU. y China no estén corriendo la misma carrera. Y detrás de ellos hay dos formas distintas de producir tecnología. Una depende de empresas privadas que necesitan capital, crecimiento, mercado y una narrativa de valorización futura; la otra --en Oriente-- puede movilizar recursos estatales e industriales en función de una estrategia nacional, aunque la rentabilidad inmediata se pueda posponer. Entonces la pregunta deja de ser quién llegará primero a la superinteligencia y pasa a ser qué sistema será capaz de producir la próxima gran infraestructura tecnológica. Y acá aparece la paradoja final: quizá los profetas occidentales del apocalipsis no sólo estén advirtiendo sobre una máquina que podría escapar al control humano. También están defendiendo la idea de que hay que correr porque el futuro pertenece a quien controle esa máquina. Tal vez el verdadero objeto de la carrera sea el derecho a definir, quién puede diseñar el futuro”.