Los científicos de la Comisión Nacional de Energía Atómica advierten que el acuerdo podría comprometer la confidencialidad tecnológica del CAREM. No es solo una discusión comercial. Es una disputa por el control del conocimiento. En términos concretos: qué parte del desarrollo queda en manos del Estado y cuál se transfiere a actores privados, incluso extranjeros.
"Estamos regalando la curva de aprendizaje. Lo más caro ya se pagó: décadas de desarrollo. Ahora que empieza a valer, lo fragmentamos", afirmó uno de los científicos que participó del proyecto. La frase condensa una preocupación más profunda, alineada con una mirada estructural del desarrollo: la Argentina invierte en ciencia, pero captura poco del valor generado.
El caso CAREM también se cruza con otro dato. El reactor no estaba muerto. Técnicamente es viable y su valor estratégico es indiscutido. De hecho, el propio interés internacional por sus componentes lo confirma. No hay mercado para lo que no sirve. La demanda por esas piezas es, en sí misma, una validación del proyecto.
La discusión entonces se desplaza. Ya no es sólo si el CAREM es rentable hoy. Es quién se apropia del resultado de ese desarrollo. Si el Estado argentino consolida una tecnología propia o si termina siendo proveedor de partes en una cadena global donde el valor agregado se captura en otro lado.