En un principio, las películas se veían en teatros o cafés. Tal fue el caso de la primera proyección en el país: fue una producción de los hermanos Lumière en 1896, en el Teatro Odeón de Esmeralda y Corrientes, demolido en 1991. Poco después, en 1900, llegaría la primera sala creada ad hoc: el Salón Nacional, en Maipú entre Lavalle y Corrientes. Y enseguida empezaron a surgir por todas partes como hongos luego de la lluvia.
Estos cines, con epicentro en la calle Corrientes pero con fuerte presencia en cada barrio, tendrían su época de oro en las décadas siguientes, con clásicos como los continuados (dos o tres películas proyectadas en loop desde la tarde hasta la medianoche), la autoridad ocasional del acomodador y la presencia de vendedores como el chocolatinero. Hacia fines de siglo XX, los cambios de hábitos y la irrupción de los complejos multisala, muchos ubicados dentro de los novedosos shoppings, les dieron el golpe de gracia a la mayoría. Algunos pasaron a ser templos religiosos o supermercados, mientras que otros terminaron demolidos.