El cierre de Jimmy Rebel no es un caso aislado. En los últimos meses, decenas de pymes argentinas bajaron la persiana, víctimas de una recesión que no distingue rubros. La inflación, la caída del consumo, el aumento de los costos operativos y la falta de crédito forman un cóctel letal para los pequeños y medianos empresarios.
El gobierno de Javier Milei prometió "licuadora y motosierra", pero para muchas pymes la licuadora fue la que las licuó a ellas. Los costos se dispararon, los precios de los insumos se fueron a las nubes y los salarios, congelados, no alcanzan para sostener el consumo. El resultado: más locales con las persianas bajas, más despidos y menos oferta.
Jimmy Rebel no era una cadena gigante. Era un emprendimiento local, de esos que le dan vida a los barrios, que generan empleo y que construyen identidad. Su cierre es una pérdida para la ciudad de Santa Fe y un síntoma más de un enfermo que no termina de sanar.
El posteo termina con una frase que resume el espíritu de quienes se animaron a emprender en la Argentina: "Espero haber cumplido con el objetivo de quedar en sus recuerdos como la marca más increíble que vio esta ciudad". Lo lograron. Pero la ciudad, mientras tanto, sigue viendo cómo sus marcas se apagan.