Carlos vive en Villa Domínico y trabaja —siendo jubilado— de plomero a los 74 años. “Cobro la mínima, entonces me la rebusco. Tiro volantes por el barrio y espero que aparezca algún trabajo. Trabajé en el municipio de Avellaneda, me dedicaba a obras de instalación de gas, pero se me rompió un cartílago en el pie izquierdo y el manguito rotador, y eso complicó todo. Hoy sigo trabajando, y cuando hay que bajar una pared, no puedo responder que me duele el brazo; lo hago. Termino mal, pero lo hago. Esa es mi realidad, como la de muchos jubilados”. Carlos explica que hoy con lograr hacer un trabajo por semana se conforma. Antes era diferente, había más demanda, pero eso cambió. “Yo me ofrezco como plomero, gasista, y sé que hasta el día 10, 12, algunos te llaman, pero después se nota que la mayoría evita gastar. A lo sumo te piden algún presupuesto. Y vamos bajando los presupuestos para que nos den el trabajo. A veces cambio plata”, relata.
“Los remedios que me dio el gastroenterólogo me salen 50 mil pesos. La garrafa me sale 30 mil. La luz me salió 40 mil pesos. Sacá la cuenta, me queda un promedio de 10 mil por día. Los audífonos hasta hace unos años me los daba PAMI, y ahora fui porque empiezo a tener inconvenientes con el tema del equilibrio por la hipoacusia, y me di cuenta al agacharme trabajando. Pero cuando fui con la receta a Quilmes, me dijeron que busque otro lugar porque no tomaban nada de PAMI porque no pagan”. En relación a la red de contención familiar, Carlos la tiene, pero intenta evitar pedir dinero a sus hijos. “No me parece justo. Prefiero pasar necesidad, pero no quiero pedirles, cada uno tiene su familia. No quiero que me vean como ‘pobre papá’; nunca fue así. Si puedo laburar, aunque me duela el tobillo o el brazo, seguiré trabajando”.
Actualmente, hay 1.345.954 jubilados endeudados con prestamistas no bancarios, según lo relevado por Undav. Los intereses y aumentos ahican las -ya muy bajas-posibilidades que tienen los jubilados de vivir una vida digna.